24 de marzo de 2007

desquiciada



No sé por qué, ni cómo definirlo, pero hay momentos en la vida (y no porque haya vivido tanto) en que se te juntan las ganas de gritar con el llanto, y ese nudo en la garganta que se hace tan inmenso que no lo podés atravesar, porque se queda ahi instalado y te corta las palabras y el grito se enmudece en el vacío absoluto que te rodea. Porque te rodea la nada cuando todo está adentro tuyo, cuando se juntan el malestar físico y mental, de llorar sin lágrimas, de dejar el alma despedazada, justo ahí donde se alojan las emociones, sensaciones, sentimientos. Justo cuando la euforia se apaga y te queda tan sólo un vestigio de aquello que fue, que ya no existe más que en tu memoria. Porque el presente es tan fugaz que al pensarlo ya comienza a ser pasado y el futuro que se avecina, se presenta, y no como regalo sino como realidad inevitable. Y al hacerte consciente de todo esto, ya dejaste atrás tantas otras cosas que afectaban tu vida, y ya no lo hacen, al menos no te afectan en gran medida, porque tu alma se eleva y comienza a preocuparse por cuestiones más importantes y profundas, que una simple depresión por quedarse en la cama un sábado a la noche, o agotar un domingo con planes no realizados, anotados en un papel. Un papel frágil, casi tanto como tu estado de ánimo; ciclotimia constante que te incita a estallar en gritos, lágrimas, una risa exageradamente elevada, decíbeles al borde de aturdirme.
Y la cabeza gira y da vueltas, y no llega esa paz que tanto busco. Esos instantes preciados de absoluta calma. Despertar en madrugadas oscuras, quietas. Se escuchan las gotas, el único sonido no emitido, pero que logro escuchar a pesar del desorden mental en que se encuentra mi cráneo.
- Basta! - me repito una y otra vez. - No podés sentirte así -.
Sigo sin encontrar respuesta a tantas preguntas, sin solución, tan sólo locura, o al menos lo que tratan de definir con esa palabra.

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